Compró el
bonsai que más le llamó la atención de los que había en los estantes. Fue a su
lugar y le encontró un lugar apropiado en una esquina de su terraza, donde
podía divisarlo desde su sala de estar. Le conmovía su entereza tranquila y
diminuta, para los taoístas símbolo de la eternidad, puente entre lo divino y
lo humano, entre el cielo y la tierra. Lo observó todos los días desde entonces
y se propuso cuidarlo como a su perro y a su gata, mimándolo al vertirle agua
dos veces al día de acuerdo a las instrucciones. Con el paso de las horas,
todas las plantas de su terraza parecieron reverdecer como reflejo del pequeño
nuevo integrante. Encontró paz en su armonía y pudo finalmente quitarse de la
cabeza los detalles desperdigados de las últimas semanas de trabajo del año. Intentaba
dejar su mente en blanco y sólo contemplar los suaves bordes de las hojas del
buxus. Por momentos, romantizaba la idea de realmente perder la memoria, ya que
su mente parecía estar atiborrada de obligaciones y sentimientos encontrados.
Cada vez que se perdía en la firmeza del pequeño tronco y la heterogénea copa
de ramillas, no importaba recordar. Concluyó que intentaría borrar los hechos,
lugares y gestos inútiles de ese año ya pasado, y sólo guardar las imágenes y
las sonrisas que valían la pena, atesorarlas cálidamente en algún rincón de su
memoria.