Se disponía a comerse las frutas que se había servido en el buffet del desayuno - papaya, piña, melón y sandía. Por el rabillo del ojo observó que el muchacho de la pareja en la mesa junto al ventanal lo había descubierto. Se preguntó cómo lo veía este joven, pues era la suya una imagen intrigante: un tipo sesentón, erguido y aplomado, que guardaba los modales señoriales en su mesa para uno, con la sola compañía de dos cuadernos de tapa blanda y negra cuidadosamente ubicados en la esquina más distante de la mesa. El tenedor con la medida justa de piña con papaya iba hacia su boca que esperaba serena e inmutable el trámite. Sería una semana, sólo siete días de relax, sol suave, mar azul profundo, arenas blancas, lectura, y hermosos cuerpos en la playa. ¿Qué más podía pedir para una escapada en pleno invierno? Cuando volvió a levantar la mirada del jugo de las frutas, observó que el joven volvía a su mesa con un plato exuberante de huevos revueltos, zanahorias, papas, y algo oscuro de la sartén, quizás tocino o salchichas. Lo miró y se saludaron. Quizás los invite a una partida de ajedrez o rummy si en algún momento los observa en la playa aburridos y dispuestos, pensó. Dejó los cubiertos sobre la mesa, se limpió los labios con la servilleta, y se sirvió un trago de su licuado de banana.
El "buenos días" entrecruzado en el desayuno ese día fueron al cabo las únicas palabras que esbozó en toda esa semana, además del "gracias" infinitamente dirigido a los mozos. Nunca encontró momento oportuno para entrar en una conversación siquiera incidental con esa pareja ni con ningún otro huésped del hotel. Entonces fue cuando comenzó a darse cuenta de que después de todo no necesitaba más de cuatro o cinco palabras para subsistir. Lo practicó a la perfección esa semana, y lo perfeccionó a lo largo de los meses posteriores a esa vacación de regreso a Mocasi.
A los dos años ya había aprendido a reemplazar esas palabras con gestos. Y así de a poco, el lenguaje para él se vio reducido a texto sobre una página. Leía el periódico y devoraba literatura fundamental y de la otra. Como contrapartida, sintió cumplir su cometido social a través de la escritura, en elegante caligrafía y en papel - a la vieja usanza. Las pantallas de ordenadores, celulares y cámaras fueron hasta el último de sus días un enigma infranqueable para él. Y de cada lugar que visitaba, se llevaba cuadernos y lapiceras como souvenires.
Cuando salía a dejar la basura, sus vecinos en el edificio aprendieron a responder a su amable gesto de saludo con la cabeza y la sonrisa. Era el extraño, el freak, que no faltaba en ninguna vecindad. Esto a él parecía importarle poco.
Al morir de viejo, se enteraron que había dejado su apartamento y sus pocas posesiones para una fundación de atención a los chicos de la calle. Y dentro de su apartamento encontraron una increíble colección de poesía y prosa escrita de su puño y letra en cuadernos sin renglones que en pilas hasta el techo y en montículos por doquier cubrían el piso de su dormitorio, la sala, su estudio y la cocina.
5 comments:
Cómo las palabras que de alguna forma no decimos, de otra sí lo hacemos. Siempre quieren salir, necesitan salir, de la forma que sea, pero quieren ver la luz, quieren sentir el aire, perderse en una brisa pasajera, guardarse en oídos atentos, llenar cuadernos, ensuciar papeles, pero se hacen presentes. Qué bueno que volviste con algo para que leamos :)
Vale:
Gracias por tu comentario. Es tal como lo decís. Las palabras surgen de la esencial necesidad humana de comunicarse, como sea, no necesariamente siempre a través de la oralidad.
En las vacaciones había en el hotel un señor mayor solo, lo cual nos llamó mucho la atención. Me dio cierta pena a pesar de que probablemente él la estuviera pasando espectacular. Leyendo el relato ahora, descubro que el personaje del viejo al que este señor dio lugar podría haber sido amigo o conocido de Siddharta (de la novela homónima de Hesse - si no lo leíste te lo presto, es una novela corta).
Algo para pensar es el sentido de escribir, de nuestra primitiva necesidad de comunicarnos, del valor de la introspección en una época en la que es mejor visto hablar mucho y sin sentido que callar a menudo y hablar poco y sustancialmente. En fin, esto lo pienso ahora, y no así cuando lo escribí!
Hermoso lo q escribiste. Es tan importante ese "silencio", que lo dice todo, que te lleva a lugares recónditos del alma, un viaje tan necesario que el mundo de hoy no nos deja hacer, por arrastrarnos en esa "voraciodad" de consumir y de asirnos de cosas que simplemente son espejismos.
Me alegro hayas disfrutado y podido "ver" a ese señor.
Caro:
Me resulta fascinante la interpretación que le das. Aunque no lo había pensado de esa manera, tu idea está en línea, nuevamente, con Siddharta. Sí, el retiro de la esfera social del personaje le permite una vida interior más rica.
Por otro lado, también es cierto que optó por la marginalidad. Vos das una causa - otros quizás encuentren otra(s)? Gracias por el comment! :)
No, no leí ese libro. Leí uno sólo de Hesse, y lo hice hace poco, El Lobo Estepario, me encantó! Lo espero para cuando quieras prestármelo ;) Tampoco te apures tanto porque tengo que terminar con un par que tengo a medias todavía jeje. Gracias Charlie!
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