Wednesday, March 11, 2009

Hombre meciéndose en una telaraña

Siguió el ritmo que le impuso ese momento de comienzos. Era marzo y el año de trabajo abría sus puertas con su carga de ansiedades, presiones, ganas y desganos, inseguridades y deseos. Se ajustó a la exigencia horaria y extrañó las horas de ocio, el deporte, el gimnasio y las charlas con amigos sin mirar el reloj. Se enfrentó a nuevos desafíos ante los suyos y aún no sabía cómo saldría de la odisea. Buscó la calidez incesantemente y la encontró de a ratos, lo cual era típico para esos días de apuro. Se sorprendió rezando más seguido que de costumbre y, por primera vez ese verano, cuando conseguía un rato para relajarse, no buscó algo para leer. Necesitaba esos momentos para contactarse con su interior, para meditar o simplemente para mirar alrededor sin enfocar su energía en sus deberes.

En esos pocos instantes de sosiego, comprendió por qué había soñado a su madre y por qué al despertar la primera imagen que se le presentó en la mente fue la de su padre. Las anclas perdidas en el fondo del océano, los recuerdos, los ausentes de su vida.

Sigue la carrera que recién empieza. Va tomando decisiones y se desespera por emanar y absorber buenas ondas. Necesita un orden espiritual alrededor que tiene que ver con sentir que esos lazos con otros se transforman en una red que lo sostiene.

Dio un abrazo a quien pudo y extrañó a sus queridos que no lo acompañan. Y se encontró parecido a su perro que sólo parece necesitar de su mirada y su sonrisa para yacer en paz, relajado y extendido a su lado.

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