
Camina como si la calle le perteneciera. Mira a los costados a los transeúntes cual si fueran sus súbditos. Cuando alguno se le acerca para acariciarlo, suele ser totalmente indiferente. En unas pocas ocasiones, algo le atrajo de alguien y le concede el privilegio de quedarse quieto y atento a las caricias. Se pone juguetón cuando el que se le acerca es un niño, y busca besarlo y jugar. Tiene una energía arrolladoramente positiva y, aún así, tranquila. A veces no escucha mi voz de seguir andando cuando se le puso oler y testear los fluidos de otros canes en alguna vereda. Y un par de veces cuando lo obligué a seguir tirándolo y casi arrastrándolo con la correa, se sintió humillado y se quedó plantado sobre el suelo. Pero el enojo no le duró más de unos segundos. En general, acepta las reglas del juego y continúa su marcha - ya habrá otro árbol u otro rincón rico para oler. Da mil vueltas en el mismo lugar antes de finalmente dejar su abono - aunque no perdure en el suelo ya que siempre lo levanto con la bolsita de plástico que cargo a tal efecto. Se siente feliz de dar la vuelta a la manzana todas las noches, y regresa a casa jadeando estos días calurosos. Al volver a entrar en el departamento está, como siempre, de muy buen humor. Apenas entra, busca su hueso, o juega con Brisa, que lo esperó sentada en las cercanías de la puerta. Al rato se calma y está listo para el sueño largo de la noche.
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