Cuando acomodó su bicicleta en su rincón en el subsuelo de las cocheras del edificio, se propuso esa noche practicar cómo dejar su mente en blanco. No creía que podría. Parecía parte de su naturaleza producir imágenes mentales a borbotones. Esa tarde había tenido que enfrentar a su mujer para decir basta a su insistencia en pasar las vacaciones nuevamente en lo de su prima Carmela en Córdoba. Carmela era una cuarentona sin hijos casada con Joaquín, un tipo que parecía no reparar de su existencia y que apenas esgrimía alguna que otra palabra durante todo el día. Sin embargo, ella fabulaba una existencia ideal, de película barata de Hollywood de los años 50, y se esforzaba por guardar esa apariencia. La idea de soportar sus comentarios irónicos y despectivos sobre su trabajo de seguridad nocturna y contrastarlos con el puesto de administrativo, lleva-y-traiga expedientes de su marido en Tribunales, no le resultaba en absoluto atractivo. Y menos aguantaría la parca actitud del marido constantemente sumido en la pantalla de televisión cuando estaban todos en una misma habitación sea para almorzar, tomar mate, o lo que fuere, o su obsesiva lectura del diario durante las tres o cuatro horas que pasaban cada tarde en el balneario. Si no les daba para irse en carpa, o alquilar un departamento a medias con alguien, no se sumirían al maltrato sicológico de Carmela y su marido. Pero a su mujer no parecía importarle o no lo veía. "Sos un exagerado que le encontrás el lado flaco a todo," le había dicho.
Mientras, por otro lado, su hijo menor se propuso a los 12 años viajar como mochilero por los valles con sus amigos y como se lo había negado, Martín lo había estado castigando con el tratamiento de silencio. No pronunciaba palabra durante el almuerzo, y apenas terminaba se levantaba y se encerraba en su habitación en su burbuja de Mp3.
Llevó en una mano su silla y en la otra una bolsa de plástico de supermercado con su botella de agua, la linterna y la bolsita verde con las hojas de coca. En la entrada del edificio, acomodó la silla en el lugar acostumbrado y ubicó los otros elementos detrás de la planta del cantero. La lluvia del atardecer no hizo más que aumentar la humedad que parecía hipnotizar a todos en una nube de sopor y pesadez. Apenas se sentó, preparó su acuyico y vio que casi no le quedaba bicarbonato. No importa, se dijo, no creo que el sueño me tiente esta noche.
A la una, después de apenas un par de horas de su rutina, se dio cuenta que no necesitaría concentrarse para no pensar en los problemas con su familia. Encontró su destino marcado en esa página de diario que el viento arrastró hasta su vereda.
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