Monday, June 16, 2008

Apagón y después

De repente saltaron los fusibles y el restó se quedó en penumbras, las conversaciones se quebraron, todos miraron alrededor buscando comprender. Las luces del hall de entrada del hotel al lado se colaron sobre sus papeles a través del gran vidrio y las luces de la calle marcaron las siluetas de las mesas, sillas y clientes dispersos en el bar. Al parar el ruido de la cafetera, la tranquilidad repentina asentó su presencia singular. La extensión de ese par de segundos fue infinita y la visión del lugar desde su mesa fue tan diferente que se le grabó en la mente y la retina, en lugar de sus apuntes, libro, carpeta y lapiceras en los que tanto se había concentrado.

De pronto, la lapicera rodó hasta el capuchón y vio que sus manos no estaban. Miró sus piernas y tampoco las encontró. Lo miró al mozo desesperado buscando una respuesta pero el hombre siguió su conversación con el mesero detrás del mostrador mientras procedió a limpiar su mesa. En la misma, ya no estaban sus cosas. Era obvio que no estaba, se había ido, esfumado en la penumbra sin que nadie lo notara. Quedó desde entonces sumido en esa quietud íntima y reconfortante.

La interferencia del plasma que prendían nuevamente lo sacó de sus ruminaciones. Y se encontró con el entorno acostumbrado: la pareja en la mesa de al lado charlando a media voz, los dos hombres mayores de espaldas a la calle y de cara al plasma, la otra pareja encapsulada en la pantalla de su laptop, el relato de la periodista de TN. Y el mozo se acercó a dejarle el ticket entre el servilletero y el estuche de sus anteojos de lectura. Observó a su alrededor y el tipo sentado con dos cuarentonas lo miró desconcertado. Sorprendido, bajó la mirada y la incrustó sobre su hoja de apuntes. Tomó la lapicera y fijó la vista en la hoja en blanco mientras el sonido de la cafetera por fin cesó.

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