Thursday, December 25, 2008

Post-marathon void

La semana que sigue al final de cada año académico me depara esa sensación de vacío: el encontrarme muy de repente con tiempo para mí, sin verme aprisionado por los horarios, las clases que preparar, la deuda siempre pendiente de correcciones sin aparente fin, y sobre todo sin el contacto diario con tantas personas. La tranquilidad de mis primeros días libres es difícil de sobrellevar. Recuerdo la misma época cuando trabajaba en Millbrook, la 'boarding school' perdida en medio de los bosques y suaves lomas de Nueva Inglaterra. Allí la ausencia de ruidos humanos hacía intolerable lo que a los días se tornaba en arrullo: distinguir los distintos trinos de los pájaros, leer el tiempo a través de sonido del viento en el follaje de los árboles. Esos primeros días de semejante contraste me empujaban a huir hacia el bullicio de mis sobrinos en Middletown. Ellos eran una buena transición entre la multitud de adolescentes con la que convivía en New Dorm - 32 varones de entre 15 y 18 años, y el silencio arrollador de los bosques y la quietud de la suave llegada del verano del norte.

Aquí el fin de las actividades me encuentra cayéndome sobre la Navidad. Entonces es un contraste menor que el del hemisferio norte. Sin embargo, el vacío sigue oprimiéndome los primeros días. Como por inercia, echo mano a libros que durante el año puse en la pila de 'pendientes', retomo la lectura esparcida en distintas secciones de libros sobre enseñanza, paseo la mirada en mi biblioteca para ver qué clásico releer en el verano o cuál me quedó pendiente y me invita a tomarlo. Y cual ansioso nerd me entrego a una voraz lectura que sostengo sólo de a ratos, entre mensajes y conversaciones telefónicas, cafés, almuerzos y cenas para despedir el año. Y caigo nuevamente rendido ante la poderosa seducción de cada página, y reflexiono sobre la multiplicidad de horizontes no conocidos. Y veo la inmensidad de la ignorancia en la que vivo sumido. Veo la limitación de mi propia burbuja, en mis mundillos de Laprida, el Parque 9 de Julio y Moreno y las Higueritas. Relojeo cuánta vida no vivida. Y en la promesa del misterio de las historias aún no leídas y de la Gestalt que entrega ese viaje, busco pausar el pulso de a poco, bajar las revoluciones por minuto, aflojar la mandíbula y dejar que el aire fluya dentro y fuera.

Así me las arreglo para compensar el vacío existencial de estos primeros días de aparente libertad. Por suerte, esta sensación dura sólo unos días hasta que realmente empiezo a disfrutar de la levedad del ocio, de la parsimonia impregnada en cada acción rutinaria. Y es entonces que el nuevo ritmo de las vacaciones comienza a ser más natural y placentero...

2 comments:

Francisco José Peña Rodríguez said...

Un saludo, Francisco

Val said...

Es ese mismo vacío el que me hizo replantear mi vida este último tiempo.