Por esa vez, el calor no agobiaba la caminata al cruzar la calle. En la acera donde daba el sol, la mañana dominguera lo invitó a tomar pasos lentos para amoldarse a la inercia del entorno. El cajero automático más próximo estaba cerca y, sin dinero en el bolsillo, no le quedaba otra que ir por él.
La conversación entre la vendedora callejera de empanadas y el cadete de la farmacia transcurrió a sus espaldas.
- "Ya sabe que soy yo al que le tiene que entregar, no?"
- "Sí, aquí tiene el pedido," le contestó, mientras le entregaba un paquete envuelto en papel gris claro. Presintió la sonrisa amplia del cadete, quien mientras sostenía el paquete en una mano, buscaba el dinero en el bolsillo con la otra.
La gente se comprende y confía, pensó. La tranquilidad del domingo era de ensueño. Ojalá fuera así siempre, fantaseó. Y después consideró cómo realmente se sentiría si viviese en un lugar en el que todas las horas fueran como esa mañana a esa hora, con poco tráfico, con poca gente buscando un bar para desayunar, con el silencio de fondo y las palomas ocasionalmente buscando comida en el medio de la calle.
La pareja de abuelos conversaba en la vereda al lado de la iglesia de San Francisco con un amigo de su generación. Eran de Famaillá y, por esas cosas que ya no son casualidades, se habían encontrado en el corazón de la ciudad, a pocos metros de la Casa de Gobierno y la Catedral que bordean la Plaza principal. El esposo llevaba la revista de La Gaceta prolijamente envuelta en un pequeño rollo, la señora sostenía su monedero entre las manos arrugadas de piel dura y morena.
En el supermercado abierto a esa hora, un chico que comenzaba a crecer los primeros pelos de la barba esperaba sentado en la puerta la llegada de los primeros clientes a quienes podría cargarles las bolsas y, con suerte, llevarles la compra a su casa a cambio de una propina.
En la esquina de su casa, al padre de edad para retirarse y a su hijo cuarentón les quedaban ya los últimos diarios del domingo para vender e irse a casa a esperar la pasta que la señora y la nuera ya había empezado a amasar esa mañana en Villa Mariano Moreno, lejos del oscuro pavimento del centro.
Al entrar a su departamento, tenía el mensaje de su hermana. Lo esperaban para almorzar y de repente no vio las horas de encontrarlos. Hacía todo un verano que no los veía y habría mucho para contar.
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