Tuesday, April 26, 2011

Palabras (II)

Se disponía a comerse las frutas que se había servido en el buffet del desayuno - papaya, piña, melón y sandía. Por el rabillo del ojo observó que el muchacho de la pareja en la mesa junto al ventanal lo había descubierto. Se preguntó cómo lo veía este joven, pues era la suya una imagen intrigante: un tipo sesentón, erguido y aplomado, que guardaba los modales señoriales en su mesa para uno, con la sola compañía de dos cuadernos de tapa blanda y negra cuidadosamente ubicados en la esquina más distante de la mesa. El tenedor con la medida justa de piña con papaya iba hacia su boca que esperaba serena e inmutable el trámite. Sería una semana, sólo siete días de relax, sol suave, mar azul profundo, arenas blancas, lectura, y hermosos cuerpos en la playa. ¿Qué más podía pedir para una escapada en pleno invierno? Cuando volvió a levantar la mirada del jugo de las frutas, observó que el joven volvía a su mesa con un plato exuberante de huevos revueltos, zanahorias, papas, y algo oscuro de la sartén, quizás tocino o salchichas. Lo miró y se saludaron. Quizás los invite a una partida de ajedrez o rummy si en algún momento los observa en la playa aburridos y dispuestos, pensó. Dejó los cubiertos sobre la mesa, se limpió los labios con la servilleta, y se sirvió un trago de su licuado de banana.
El "buenos días" entrecruzado en el desayuno ese día fueron al cabo las únicas palabras que esbozó en toda esa semana, además del "gracias" infinitamente dirigido a los mozos. Nunca encontró momento oportuno para entrar en una conversación siquiera incidental con esa pareja ni con ningún otro huésped del hotel. Entonces fue cuando lo asaltó la idea. Fue una epifanía como pocas había tenido en su vida. Comenzó a darse cuenta de que después de todo no necesitaba más de cuatro o cinco palabras para subsistir. Lo practicó a la perfección esa semana, y lo perfeccionó a lo largo de los meses posteriores a esa vacación de regreso a su departamento de San Telmo.
A los dos años ya había aprendido a reemplazar esas pocas palabras con gestos. Y así de a poco, el lenguaje para él se vio reducido a texto sobre una página. Estando fuera de su casa, leía. Leía de garrón los periódicos locales en el café de la esquina adoquinada donde los mozos sabían qué servirle, sin necesidad de cruzarles más que un golpe de cabeza con el índice levantado. Y al toque partía el acostumbrado pocillo de expreso con cognac. Luego partía por las calles en búsqueda de algún otro café o plaza. Buscaba un asiento limpio, discretamente ubicado al lado de una ventana, tranquilo y ordenado, preferentemente sin mucha gente. En lo posible evitaba el bullicio de las multitudes. Una vez que encontraba un rincón así se pasaba horas devorando literatura fundamental y de la otra.
Al mediodía o ya en las primeras horas de la siesta, regresaba a casa y, como contrapartida a la mañana, sentía cumplir su cometido social a través de la escritura. Dedicaba su tarde a la exploración de mundos y personas que imaginaba o que sólo en parte existían. En su ritual, cursaba las páginas en blanco profusamente, en tinta negra y elegante caligrafía - a la vieja usanza. Las pantallas de ordenadores, celulares y cámaras fueron hasta el último de sus días un enigma infranqueable para él. Y de cada lugar que visitaba, se llevaba cuadernos y lapiceras como souvenires.
Cuando salía a dejar la basura, sus vecinos en el edificio aprendieron a responder a su amable gesto de saludo con la cabeza y la sonrisa. Era el personaje extraño que no faltaba en ninguna vecindad, aunque esto a él parecía importarle poco.
Al morir de viejo, se enteraron que había dejado su apartamento y sus pocas posesiones para una fundación de atención a los chicos de la calle. Y dentro de su apartamento encontraron una increíble colección de poesía y prosa escrita de su puño y letra en cuadernos sin renglones que en pilas hasta el techo y en montículos por doquier cubrían el piso de su dormitorio, la sala, su estudio y la cocina.

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